El perseguidor, Julio Cortázar

Charlie-Parker-71

In memoriam Ch. P.

Sé fiel hasta la muerte.

Apocalipsis, 2, 10.

Make me a mask.

Dylan Thomas.

Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée viven en un hotel de la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se quiere leer el diario o verse la cara. No hace frío, pero he encontrado a Johnny envuelto en una frazada encajado en un roñoso sillón que larga por todos lados pedazos de estopa amarillenta. Dédée está envejecida y el vestido rojo le queda muy mal; es un vestido para el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del hotel se convierte en una especie de coágulo repugnante. Seguir leyendo El perseguidor, Julio Cortázar

Lo que pasó en el puente de Owl Creek, Ambrose Bierce

Ambrose Bierce

I

Desde un puente ferroviario, al norte de Alabama, un hombre contemplaba el rápido discurrir del agua seis metros más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas sujetas con una soga; otra soga, colgada al cuello y atada a un grueso tirante por encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas sobre los durmientes de los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus verdugos, dos soldados rasos del ejército federal bajo las órdenes de un sargento que, en la vida civil, debió de haber sido agente de la ley. No lejos de ellos, en el mismo entarimado improvisado, estaba un oficial del ejército con las divisas de su graduación; era un capitán. En cada lado un vigía presentaba armas, con el cañón del fusil por delante del hombro izquierdo y la culata apoyada en el antebrazo cruzado transversalmente sobre el pecho, postura forzada que obliga al cuerpo a permanecer erguido. A estos dos hombres no les interesaba lo que sucedía en medio del puente. Se limitaban a bloquear los lados del entarimado. Delante de uno de los vigías no había nada; la vía del tren penetraba en un bosque un centenar de metros y, dibujando una curvatura, desaparecía. No muy lejos de allí, sin duda, había una posición de vanguardia. En la otra orilla, un campo abierto ascendía con una ligera pendiente hasta una empalizada de troncos verticales con aberturas para los fusiles y un solo ventanuco por el cual salía la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. Entre el puente y el fortín estaban situados los espectadores: una compañía de infantería, en posición de descanso, es decir, con la culata de los fusiles en el suelo, el cañón inclinado levemente hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas encima de la caja. A la derecha de la hilera de soldados había un teniente; la punta de su sable tocaba tierra, la mano derecha reposaba encima de la izquierda. Sin contar con los verdugos y el reo en el medio del puente, nadie se movía. La compañía de soldados, delante del puente, miraba fijamente, hierático. Los vigías, en frente de los límites del río, podrían haber sido esculturas que engalanaban el puente. El capitán, con los brazos entrelazados y mudo, examinaba el trabajo de sus auxiliares sin hacer ningún gesto. Cuando la muerte se presagia, se debe recibir con ceremonias respetuosas, incluso por aquéllos más habituados a ella. Para este mandatario, según el código castrense, el silencio y la inmovilidad son actitudes de respeto.El hombre cuya ejecución preparaban tenía unos treinta y cinco años. Era civil, a juzgar por su ropaje de cultivador. Poseía elegantes rasgos: una nariz vertical, boca firme, ancha frente, cabello negro y ondulado peinado hacia atrás, inclinándose hacia el cuello de su bien terminada levita. Llevaba bigote y barba en punta, pero sin patillas; sus grandes ojos de color grisáceo desprendían un gesto de bondad imposible de esperar en un hombre a punto de morir. Evidentemente, no era un criminal común. El liberal código castrense establece la horca para todo el mundo, sin olvidarse de las personas decentes. Seguir leyendo Lo que pasó en el puente de Owl Creek, Ambrose Bierce

El milagro secreto, Jorge Luis Borges

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Y Dios lo hizo morir durante cien años y luego lo animó y le dijo:
-¿Cuánto tiempo has estado aquí?
-Un día o parte de un día, respondió.
Alcorán, II, 261.

La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse de Praga, Jaromir Hladík, autor de la inconclusa tragedia Los enemigos, de una Vindicación de la eternidad y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres; la partida había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de nombrar el olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizá infinito; las piezas y el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el primogénito de una de las familias hostiles; en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada; el soñador corría por las arenas de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez. En ese punto, se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles relojes. Un ruido acompasado y unánime, cortado por algunas voces de mando, subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer, las blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga. Seguir leyendo El milagro secreto, Jorge Luis Borges

Yo

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De la piel para dentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no cruzar esa frontera. Soy un estado soberano, y las lindes de mi piel me resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país.

Anónimo contemporáneo.

En Aprendiendo de las drogas: usos y abusos, prejuicios y desafíos (1995), de Antonio Escohotado.

Repetir

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Si Karenin hubiera sido un hombre y no un perro, seguro que hace tiempo ya que le hubiera dicho a Teresa: «Haz el favor, estoy aburrido de llevar todos los días el panecillo en la boca. ¿No puedes inventar algo nuevo?». En esta frase está encerrada toda la condena que pesa sobre el hombre. El tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Ése es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir.

Nesnesitelná lehkost bytí (La insoportable levedad del ser, 1984), de Milan Kundera.

Círculo de confianza (Orozco, Miró)

Brand: Miró
Agency: Arista
Production: LaVisual

Director: Toño Chouza
Assistant Director: Chloé Rosell
Cinematographer: Maite Astiz
Focus Puller: Sergi Canyelles
Assistant Camera: Andrea Leira
Grip: Adrià Petanàs
DIT: Alberto Carrasco
Gaffer: Edu Puma
Gaffer: Xavi Aregall
Production Design : Laura Velasco
Assistant Production Design : Fernanda Salaverría
Atrezzo: Bea Toro
Costume: Marta Calmet
Make Up: Meritxell Seva
Music: Antonio Orozco
Musical Arrangements: Tomi Pérez
Sound: Pep Aguiló (Idea Sonora)
Voice Over: Antonio Orozco
Editor: Alberto Carrasco
Graphics: Xavi Pablo
Colorist: Marc Morató (Metropolitana)
Executive Producer: Víctor Palomo
Account Manager: Òscar Ayala
Production Manager: Gemma Soriano
Runner: Gonçal Planas
Runner: Víctor Britto
Runner: Sara Guerrero
Runner Miró: Alexis Vergara
Runner Miró: Juaquin Viteri
Runner Luz: Aldo
Location: Adrià Nebot
Making of: Marc Arisa

Casting: La Farándula, Jma, Anna Mills, People.
Actors: Antonio Orozco, Salvador Toscano, Carlos Tomás, Juan Carlos Ramil, Vanessa Marquina, Enric Gómez, Xavier Pámies, Marta Blanc, Francisco Valdivia, Nora Vega.30

Toño Chouza

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